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Falta de equilibrio: cuando caminar se vuelve una preocupación

  • Foto del escritor: Santiago Rostán
    Santiago Rostán
  • 6 ene
  • 4 Min. de lectura

Hay gente que llega y no te dice “me duele”.


Te dice algo más serio.

“Tengo miedo de caerme.”


Y lo dice como quien confiesa algo que le da vergüenza, porque en la cabeza de muchos eso suena a “estoy viejo/a”, “estoy frágil”, “ya fue”.


Pero no.


La falta de equilibrio no es solo un tema físico. Es un tema de vida. Porque cuando perdés confianza al caminar, se achica el mundo.


Dejás de salir en ciertas horas.

Evitás veredas rotas.

Te agarrás de paredes.

Te apurás y te asustás.

Te quedás más en casa.

Y sin darte cuenta, te movés menos… y eso suele empeorar el equilibrio.


Es un círculo bastante injusto: el miedo te cuida, pero también te encierra.


La falta de equilibrio casi nunca aparece “de golpe”


A veces sí, hay algo puntual, una caída, una medicación, un episodio. Y ahí se consulta, obvio.


Pero en muchas personas es más silencioso:


Un día te das cuenta de que bajás una escalera con más cuidado.

Otro día sentís que la vereda te “mueve”.

Otro día el ómnibus arranca y te desacomoda más de lo normal.

Te levantás rápido y te mareás.

Caminás con la vista clavada en el piso.


Y sin querer, empezás a caminar como quien pide permiso.


La buena noticia es que el equilibrio no es un don con el que nacés y listo. El equilibrio es una habilidad. Y una habilidad se entrena.


Equilibrio no es “pararte en una pierna”: es sostenerte en el mundo real


A mí me encanta cuando alguien dice “yo no tengo equilibrio” y se imagina un ejercicio de circo.


Pero el equilibrio de la vida real es esto:

Poder frenar sin tambalear.

Poder mirar para un costado mientras caminás.

Poder subir un escalón sin sentir que te vas.

Poder girar sin marearte.

Poder reaccionar si te empujan un poquito.

Poder sostenerte cuando el piso no es perfecto.


Y para eso, el cuerpo necesita varias cosas juntas. No solo “fuerza” o “postura”. Necesita un sistema que trabaje en equipo.


Cómo trabajamos la falta de equilibrio en Pilates personalizado


Acá es donde el personalizado vale oro, porque no hay dos personas que “pierdan equilibrio” de la misma forma.


Algunas tienen piernas fuertes pero reaccionan lento.

Otras tienen miedo y se ponen rígidas.

Otras no registran bien los apoyos.

Otras caminan mirando el piso y pierden referencia del entorno.

Otras tienen cadera rígida y compensan con la espalda.

Otras no confían en un lado del cuerpo.


Entonces nosotros hacemos algo simple pero profundo: armamos un plan para que vuelvas a sentir estabilidad real.


Primero: construimos base (pies, piernas y apoyo)


El equilibrio empieza abajo.


Si el pie no “siente” el piso, el cuerpo entra en duda.

Si el tobillo no responde, te da inseguridad.

Si la pierna no sostiene, el cuerpo se apura y se tensa.


Trabajamos apoyos, distribución de peso, control de tobillos y rodillas, fuerza de piernas… pero con progresión. Sin exigirte “valentía”. La confianza se construye.


Después: despertamos el centro (sin apretar)


Hay gente que, por miedo, camina toda apretada: abdomen duro, hombros arriba, mandíbula firme. Eso no estabiliza, eso bloquea.


Nosotros buscamos un centro que sostenga sin endurecer. Un centro que te haga sentir: “tengo columna, tengo base, puedo”.


Luego: entrenamos la reacción, no solo la postura


Esta parte es clave y poca gente la trabaja bien:


El equilibrio no se demuestra cuando estás quieto/a. Se demuestra cuando algo cambia.


Entonces hacemos ejercicios donde el cuerpo aprende a reaccionar: cambios de apoyo, traslados, giros suaves, coordinación, ritmos distintos, control del movimiento.


Siempre dentro de un marco seguro. No es “exponerte”. Es enseñarle al cuerpo a responder.


Y sí: trabajamos el miedo también (sin hablarlo como terapia)


El miedo a caerse se mete en el cuerpo.


Te hace caminar más rígido/a.

Te hace mirar al piso.

Te hace achicar el paso.

Te hace apurar el movimiento, paradójicamente.


Entonces, cuando acompañamos equilibrio, acompañamos confianza. Con ejercicios que te demuestran, en el cuerpo, que podés.


La seguridad no se piensa: se siente.


“Pero yo ya soy grande… ¿se puede mejorar?”


Sí. Y te lo digo con cuidado, sin prometer milagros.


Se puede mejorar la fuerza, la coordinación, el control y la confianza. Se puede entrenar el equilibrio de forma inteligente y progresiva.


Y lo más lindo es que muchas veces el cambio no es “ahora hago cosas increíbles”. El cambio es más simple:


salís a la calle con menos tensión en el pecho.

caminás mirando alrededor, no solo el piso.

te sentís más dueño/a de tu cuerpo.


Eso vale muchísimo.


Dos líneas de cuidado, sin asustar


Si la falta de equilibrio viene con mareos frecuentes, caídas, visión alterada o síntomas nuevos, se consulta. Y si ya estás en seguimiento médico, mejor: el trabajo corporal se adapta a tu caso.


Un cierre como para dejarte tranquilo/a


La falta de equilibrio no es un fallo moral ni una condena.


Es un mensaje del cuerpo: “necesito sostén, coordinación y práctica”.


Y cuando eso se entrena con respeto, progresión y mirada personalizada, el cuerpo vuelve a hacer algo que parece básico… pero es enorme:

caminar con seguridad, sin sentir que el mundo te empuja.

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