“Me duele todo”: cuando no sabés por dónde empezar
- Santiago Rostán

- 5 ene
- 4 Min. de lectura
Hay una respuesta que escucho muchísimo. Y casi siempre viene con una risa chiquita al final, como para no ponerse triste.
“Y… me duele todo, jaja.”
Esa risa no es chiste. Es defensa. Es una manera de decir algo fuerte sin quebrarse en el momento. Porque cuando a alguien le duele todo, lo que duele no es solo el cuerpo.
Duele también la confusión. La sensación de que ya probaste cosas. De que no sabés si es estrés, si es postura, si es edad, si es “que estoy hecha bolsa”, si es que te acostumbraste a vivir tenso/a.
Y encima, cuando decís “me duele todo”, mucha gente te mira como si fueras vago/a, o exagerado/a, o dramático/a.
Acá no.
Acá esa frase es válida. Y es, de hecho, una de las más honestas que existen.
“Me duele todo” no es un diagnóstico. Es una señal
Cuando el dolor está en todos lados, a veces el problema no es “una lesión puntual”. A veces es un cuerpo que viene aguantando hace rato.
Aguantando estrés.
Aguantando malas noches.
Aguantando cargas.
Aguantando pantallas.
Aguantando “tengo que seguir igual”.
Y llega un momento en que el cuerpo, que siempre te bancó, te pasa la cuenta de una forma rara: no te duele solo una cosa. Te duele todo, como si el sistema estuviera irritado, sensible, saturado.
Y ahí aparece una sensación horrible: “¿por dónde empiezo?”
Esa es la pregunta real.
Lo que suele pasar cuando a alguien le duele todo
Sin ponerse técnico, te lo digo como lo veo en la vida real.
La persona llega con tensión en cuello y hombros, espalda cargada, cintura rígida, caderas duras, rodillas sensibles, cansancio raro. Hay días que no es un dolor fuerte, es una suma de molestias que te roban energía. Y hay días que sí: te sentís como si tu cuerpo fuera una armadura pesada.
Y en el medio está lo mental: estar todo el tiempo evaluando tu cuerpo, pensando si algo está mal, sintiendo culpa por no moverte, o sintiendo miedo de moverte y empeorar.
Es como vivir con el volumen del cuerpo muy alto.
En Pilates personalizado, el primer objetivo es simple: bajar ese volumen.
Cómo trabajamos cuando alguien llega diciendo “me duele todo”
Te lo digo con honestidad: si vos llegás así, no te voy a poner a “entrenar fuerte”. No te voy a medir. No te voy a exigir.
Cuando alguien viene con “me duele todo”, lo primero que necesita no es intensidad. Es contención. Y contención, para nosotros, no es hablar lindo. Es que tu cuerpo viva una experiencia distinta.
Primero: encontramos un lugar seguro en tu cuerpo
Hay personas que hace tiempo no se sienten cómodas en su propio cuerpo. Están siempre un poquito tensas, un poquito listas para defenderse.
Entonces arrancamos por algo que parece mínimo, pero es enorme: respiración, apoyos, movimientos lentos, controlados, sin presión, buscando que el cuerpo diga: “ok… esto no me amenaza”.
Cuando eso pasa, la tensión baja. No porque “se curó todo”, sino porque tu sistema deja de estar en modo alerta.
Y esa bajada de alerta suele ser la primera esperanza.
Después: organizamos, no forzamos
Cuando duele todo, el cuerpo suele moverse desordenado. No porque seas torpe.
Porque cuando estás tenso/a, el movimiento se vuelve más brusco, más rígido, más “de arriba para abajo”.
En Pilates personalizado buscamos organización: que tu columna se mueva sin que tus hombros se vayan a las orejas, que tu pelvis tenga soporte, que tu respiración acompañe, que tus articulaciones no tengan que “luchar” entre sí.
No es una coreografía. Es rearmar tu base.
También: construimos fuerza que te da descanso
Esto sorprende: mucha gente con “me duele todo” piensa que necesita estirarse todo el día.
A veces sí, pero muchas veces lo que falta es soporte. Un cuerpo sin soporte vive apretándose para sostenerse. Y esa tensión constante termina doliendo.
Entonces aparece un tipo de fuerza que no se siente como gym ni como castigo. Se siente como: “ah… me sostengo mejor”. Y cuando te sostenés mejor, se aflojan cosas que parecían imposibles de aflojar.
Y lo más importante: hacemos que vuelvas a confiar
Si te duele todo, hay una parte tuya que ya no confía en tu cuerpo. Vivís con el “por las dudas”.
En un proceso personalizado, tu cuerpo aprende otra cosa: que puede moverse y salir mejor que como entró. Que puede progresar sin presión. Que no estás solo/a. Que no tenés que adivinar.
Y esa confianza empieza a cambiar tu vida de formas chiquitas, pero enormes: dormís un poco mejor, respirás más profundo, caminás con menos rigidez, dejás de estar pensando todo el día en el cuerpo.
“¿Y si lo mío es algo más?”
Es válido preguntarlo.
Si hay síntomas raros, dolor que no cede, fiebre, pérdida de fuerza marcada, cosas que te asustan o cambios bruscos, se consulta, obvio. Y si ya estás en seguimiento médico, perfecto: nosotros acompañamos desde el movimiento y el cuidado progresivo, sumando.
Pero en muchísimos casos, cuando alguien dice “me duele todo”, no está diciendo “tengo una cosa rota”. Está diciendo: “estoy saturado/a”.
Y eso se puede trabajar.
Un cierre sin épica, pero con verdad
La frase “me duele todo” parece el final de algo. Como si fuera: “listo, me rendí”.
Yo la veo más como el principio. El momento en que dejás de hacerte el/la fuerte y empezás a escuchar una verdad: tu cuerpo necesita que lo cuides distinto.
No perfecto. Distinto.
Y cuando alguien empieza un proceso de Pilates personalizado en ese estado, lo que suele pasar es muy simple y muy humano: de a poco, el cuerpo baja la guardia. Y cuando baja la guardia, vuelve algo que parecía perdido: la sensación de estar en casa adentro tuyo.
Si hoy te sentís así, no estás solo/a. Y no estás condenado/a a vivir con el volumen alto para siempre.



