Hipermovilidad articular: cuando ser “laxo/a” deja de ser gracioso
- Santiago Rostán

- 6 ene
- 5 Min. de lectura
Capaz toda tu vida fuiste “la persona flexible”.
La que se sienta en cualquier postura.
La que llega al piso sin calentar.
La que hace movimientos raros y no le pasa nada.
Te lo dijeron mil veces: “¡qué elasticidad!”. Y en algún punto, sí, era un halago. Incluso era una identidad. Como si tu cuerpo viniera con un plus.
Pero a mucha gente le pasa que, con el tiempo, ese “plus” se convierte en otra cosa. Algo mucho menos fotogénico.
Dolores que van y vienen.
Articulaciones que se sienten flojas.
Esguinces repetidos.
Cansancio muscular que parece injusto.
Y una sensación difícil de explicar: por fuera te movés un montón… pero por dentro te sentís limitado/a igual.
A veces el cuerpo hipermóvil es como una casa con puertas que abren de sobra, pero con cerraduras flojas. No es que la casa sea mala. Es que vivir así cansa. Todo el tiempo algo queda “medio suelto”. Y vos terminás haciendo fuerza invisible para que no se note.
Qué significa hipermovilidad (sin vuelta, sin tecnicismos)
Hipermovilidad articular es tener más recorrido del habitual en una o varias articulaciones.
Puede ser solo una característica, sin problema.
Pero cuando se mezcla con dolor, fatiga, inestabilidad o lesiones repetidas, ya no es un tema de “flexibilidad”. Es un tema de sostén. De control. De confianza corporal.
Y acá aparece una frase que a muchos les acomoda la cabeza:
no es que tu cuerpo sea débil, es que tu cuerpo se está sosteniendo todo el tiempo.
Eso agota. Y también pone tenso.
Porque cuando algo se siente inestable, el cuerpo suele responder con tensión, como para “cerrar” lo que se siente abierto de más. Por eso hay personas muy laxas que, paradójicamente, se sienten rígidas. Como si vivieran en una mezcla rara: sueltas en algunas cosas, duras en otras, cansadas en todas.
La trampa típica: creer que lo que falta es estirar más
Esto lo veo seguido: alguien laxo/a llega con dolor y la sensación de “estar duro/a”.
Entonces hace lo lógico: se estira.
Afloja un rato. Respira. Siente alivio.
Y a las horas… vuelve la tensión.
No porque el estiramiento sea “malo”. Sino porque el problema muchas veces no es falta de rango.
Es falta de freno.
Cuando el cuerpo no confía en su propio sostén, se vuelve a poner en guardia. Se tensa para proteger. Y ahí entra el círculo: me estiro, aflojo, vuelvo a tensarme, me vuelvo a estirar, y así. Una calesita.
En Pilates personalizado, el enfoque suele ser distinto desde el arranque:
no buscamos que te abras más.
buscamos que te sostengas mejor.
Cómo se trabaja la hiperlaxitud en Pilates personalizado
Acá no se trata de “hacerte más duro/a”. Se trata de darte recursos para que tu cuerpo sea más confiable, sin volverse una estatua.
Y se hace por capas, como se hacen las cosas que duran.
Primero: encontrar tu rango seguro (donde el cuerpo se siente “armado”)
En personas hipermóviles pasa algo muy común: la articulación se va al final del recorrido sin que te des cuenta.
Rodillas que se van hacia atrás y quedan “trancadas”.
Codos que se estiran de más.
Hombros que se van para adelante como si colgaran.
Cintura que se hunde cuando te apoyás.
Y esto no es porque “lo hacés mal”. Es porque tu cuerpo aprendió a usar el final del rango como punto de descanso. Como si se colgara ahí.
El problema es que ese “descanso” no descansa: carga estructuras que no están hechas para sostener todo el día. Y después aparecen dolores raros, cansancio, y esa sensación de que el cuerpo es “delicado”.
Entonces el primer trabajo es encontrar el rango medio. Ese lugar donde hay control, donde hay sostén muscular, donde la articulación se siente más estable.
No se busca perfección. Se busca registro.
Y cuando aparece, suele sentirse como una mini revelación: “ah… era acá”.
Después: fuerza que sostiene, no fuerza que aprieta
Cuando alguien escucha “tenés que fortalecer”, muchas veces imagina entrenamiento pesado o exigencia. En hipermovilidad, la fuerza que más cambia todo suele ser la más silenciosa.
Fuerza del centro para que la cintura no cuelgue.Fuerza de cadera y glúteos para que las piernas no trabajen “sueltas”.Fuerza alrededor de hombros para que no se vayan al cuello.Fuerza de apoyo en pies y tobillos para que no se doblen por cualquier cosa.
Pero siempre con una forma particular: control lento, respiración, calidad de movimiento, progresión. Sin empujarte a los extremos del rango, y sin premiar el “más” como si fuera mejor.
El logro real no es “llegar más lejos”.
El logro real es este: moverte y sentir firmeza.
También se entrena algo que parece intangible, pero es gigante: el “mapa interno”
A veces a la gente laxa le pasa que el cuerpo se siente medio difuso. Como si no avisara bien dónde estás, cuánto estás cargando, o qué parte está trabajando.
Entonces, además de fuerza, se entrena percepción. Apoyos. Coordinación. Equilibrio. Ritmo. Claridad.
Que tus pies sepan dónde están.
Que tu pelvis se sienta presente.
Que tus hombros no anden buscando dónde colgarse.
Cuando el cuerpo recupera mapa, baja el miedo.
Y cuando baja el miedo… baja la tensión.
Ahí empieza a aparecer algo que para muchos es nuevo: moverse sin estar “vigilándose” todo el tiempo.
Lo que suele pasar cuando se trabaja bien (y por qué da esperanza)
No siempre el primer cambio es “me fui del dolor”.
A veces el primer cambio es más íntimo: dejás de sentirte frágil.
Te das cuenta de que podés moverte sin que algo “se te vaya”. Caminás y los tobillos no están en modo alerta. Tus rodillas se sienten más presentes. Los hombros descansan un poquito. El cuello deja de ser el lugar donde termina todo.
Y empieza a cambiar una cosa que pesa muchísimo: la relación con tu cuerpo.
Porque la hipermovilidad no duele solo en la articulación. Duele también en la cabeza: en la incertidumbre, en el “no sé qué me conviene”, en el miedo a lesionarte por cualquier cosa, en la sensación de que necesitás controlar todo para estar bien.
Cuando aparece sostén real, aparece calma.
Y cuando aparece calma, la vida se vuelve un poco más simple.
Si sos laxo/a y estás cansado/a de sentir que nadie entiende
Es común. Porque por fuera “te movés”. Entonces desde afuera parece que no hay problema. Pero por dentro hay un costo.
Y ese costo no es solo dolor: es cansancio, tensión, inseguridad, evitación.
La buena noticia es que no estás solo/a y no es “tu culpa”. Tu cuerpo hizo lo que pudo para sostenerse con los recursos que tenía.
Lo que cambia todo es darle recursos nuevos.
Sostén. Control. Progresión. Confianza.
De a poco. Con un enfoque que no te empuja a probarte nada.Un enfoque que te ayuda a sentirte más firme sin perder tu naturaleza.
Si te quedás con una idea sola, que sea esta:
a un cuerpo laxo no le falta estiramiento.le falta sostén.
Y cuando ese sostén aparece, no solo baja el dolor: vuelve algo que se extrañaba… la tranquilidad de habitar tu cuerpo.



