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Rigidez: cuando sentís el cuerpo duro, pero no sabés por dónde empezar

  • Foto del escritor: Santiago Rostán
    Santiago Rostán
  • 6 ene
  • 4 Min. de lectura

La palabra cambia según la persona, pero la sensación es la misma.


“Estoy duro/a.”

“Estoy rígido/a.”

“Estoy contracturado/a.”

“Me siento como un bloque.”

“No me doblo.”

“Me levanto y me cuesta arrancar.”


Y lo que nadie dice en voz alta, pero se siente: “me estoy quedando así”.


Como si el cuerpo estuviera tomando una forma fija.


La rigidez tiene esa mezcla rara de cosa simple y cosa profunda. Porque a veces es “dormí mal” y se pasa. Pero otras veces es una forma de vivir: hombros arriba, mandíbula apretada, respiración cortita, espalda en guardia… y el cuerpo se acostumbra.


Y cuando se acostumbra, lo más frustrante no es el dolor. Es la sensación de no saber cómo aflojar sin romperse.


La rigidez no es un defecto: es una estrategia


Esto te lo diría mirándote a los ojos en el estudio:


Tu cuerpo no se pone rígido para molestarte. Se pone rígido para cuidarte.


La rigidez es protección.

Protección de una zona que dolió.

Protección de un cansancio acumulado.

Protección de un estrés que el cuerpo no sabe descargar.

Protección de un día a día donde todo te pide que “aguantes”.


El problema no es que tu cuerpo se proteja. El problema es cuando se queda viviendo ahí.


Porque un cuerpo que se protege todo el tiempo… también se cansa todo el tiempo.


Cómo se siente la rigidez “real” (la que trae gente al estudio)


No es solo “me cuesta tocarme los pies”.


Es esto:

Te sentás y al rato te arde la espalda baja.

Te levantás y sentís el cuello como un palo.

Te acostás y no encontrás postura cómoda.

Te estirás y parece que no llega el aire.

Te querés mover y tu cuerpo hace “no”.

Hacés ejercicio y al otro día no sentís “agujetas”, sentís traba.


Y muchas veces hay una frase escondida atrás:


“Siento que mi cuerpo no es mío.”


Lo que hacemos en Pilates personalizado con la rigidez (y por qué funciona)


Cuando alguien llega rígido/a, lo primero es entender que hay dos caminos típicos que no ayudan mucho:


Uno: “estirá fuerte”.

Otro: “fortalecé fuerte”.


A veces el estiramiento agresivo irrita más.

A veces la fuerza intensa pone más tensión encima de un cuerpo que ya está en modo defensa.


En Pilates personalizado trabajamos por capas. Como si fuéramos bajando el volumen de la alarma.


Primera capa: respiración que afloja, no respiración decorativa


La respiración no es un “plus zen”. Es una herramienta mecánica y nerviosa.


Un cuerpo rígido suele respirar arriba, corto, apurado. Y cuando respirás así, la caja torácica se endurece, el cuello compensa, la espalda se tensa.


Entonces usamos la respiración para abrir espacio. Para que el cuerpo sienta: “puedo soltar un poco”.


A veces, con solo cambiar la forma de respirar en un movimiento, la rigidez baja un escalón.


Segunda capa: movilidad segura (sin empujar la puerta)


No buscamos “más rango” de una. Buscamos movilidad que el cuerpo acepte.


Movimientos lentos, claros, con apoyo. Pequeños. Repetidos. Sin dolor. Sin demostrar nada.


Porque la rigidez muchas veces no es falta de elasticidad: es falta de permiso.


Y el permiso se gana con repetición segura, no con fuerza bruta.


Tercera capa: fuerza suave para que no tengas que vivir apretando


Esta parte es clave y la gente la descubre tarde:


Mucha rigidez viene de falta de soporte.


Si el centro no sostiene, la espalda aprieta.

Si la cadera no acompaña, el lumbar se carga.

Si la espalda alta no se mueve, el cuello se endurece.

Si los glúteos no trabajan, las rodillas y la zona baja pagan.


Entonces fortalecemos, sí, pero con control y sentido. Para que el cuerpo deje de sostenerse a base de tensión.


La idea es que tu cuerpo diga: “ah, puedo estar firme sin estar duro/a.”


Cuarta capa: lo llevamos a tu vida, no al manual


Porque la rigidez no nace en la clase. Nace en tu rutina.


Pantallas.

Estrés.

Sillas.

Poco descanso.

Apuro.

Cargas.

Miedo a moverte.


En personalizado vamos ajustando eso sin darte un sermón. No se trata de que vivas “perfecto/a”. Se trata de que tu cuerpo tenga herramientas para no acumular tanto.


Lo que cambia cuando la rigidez empieza a bajar


No es solo “me estiro más”.


Es más lindo que eso:


Te levantás y el cuerpo arranca más fácil.

Respirás más profundo sin pensarlo.

Dormís mejor.Te sentís menos “armado/a”.

Te duele menos por pavadas.

Volvés a moverte con ganas, no con obligación.


Y hay un cambio silencioso que para mí es el más importante:

dejás de sentir que tu cuerpo te frena la vida.


Dos líneas de cuidado, sin dramatizar


Si la rigidez viene con dolor fuerte, pérdida de fuerza, hormigueos persistentes o algo que te preocupa, se evalúa. Pero la gran mayoría de las rigideces cotidianas mejoran muchísimo con un proceso de movimiento progresivo y personalizado.


Un cierre para que te quede una idea simple


La rigidez no es tu personalidad. Es un estado.


Y un estado se puede transformar.


No a base de empujarte. A base de guiar al cuerpo a un lugar donde se sienta seguro, sostenido y con opciones.


Porque aflojar no es volverte blando/a. Aflojar es volver a habitarte.

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